Sevilla

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Un recorrido de ensueño a través del Wad al-Kabir, el "río grande"

La provincia de Sevilla posee unas profundas raíces históricas y culturales en las que el pasado andalusí ocupa un lugar privilegiado. Durante más de cinco siglos, el actual territorio sevillano estuvo integrado en al-Ándalus, jugando durante buena parte de este período un papel singular dentro de su estructura política, su organización social y su desarrollo económico. Cinco siglos que sirvieron para modelar paisajes rurales y núcleos urbanos. Modelos que han perdurado en el tiempo hasta la actualidad y han convertido Sevilla en una provincia rica en contrastes y en diversidad.

Encontrarás un claro ejemplo de la influencia del árabe en su historia en la riqueza toponímica de sus pueblos y ciudades. De la época andalusí cuenta con un extenso vocabulario salpicado con gran cantidad de palabras que se han ido transformando al español. El mismo nombre del río más importante del sur de España que atraviesa la ciudad y la provincia de Sevilla –en árabe Wad al-Kabir, que se traduce como “el Río Grande”– fue derivando hacia su nombre actual, Guadalquivir.

La provincia sevillana destacaba y destaca en la producción de objetos de cuero, llamados en su conjunto marroquinería: desde prendas de vestir –cinturones, bolsos o zapatos– a elementos para trabajar en el campo como las monturas de los caballos o los ‘macacos’ para la recogida de aceituna. La fama como artesanos de los andalusíes se traducía en la producción de objetos de lujo, orfebrería, mosaicos, cerámica y objetos de ebanistería, así como el trabajo con materiales como el vidrio y el papel. Una tradición artesana que todavía hoy descubrirás en algunos pueblos sevillanos.

Arquitectura

La huella del periodo andalusí en la provincia de Sevilla tiene una de sus principales manifestaciones en la arquitectura: edificaciones civiles y religiosas, recintos amurallados, fortificaciones defensivas, alcazabas y castillos, torres, alcázares, edificios singulares dedicados al comercio (almonedas) y a los oficios, alminares y mezquitas que se reconvirtieron después en iglesias cristianas adaptando estas construcciones al casco urbano con sus sinuosas y estrechas calles y alegres plazuelas.

Y todo ello con la aportación de elementos decorativos, colores, materiales y técnicas en sus interiores que hacen de muchos espacios lugares mágicos e irrepetibles a ojos del visitante. Juegos con la luz y las sombras a través de arcos y vidrieras, suaves murmullos de las fuentes, plantas que regalan verdor y frescor a los patios y jardines sevillanos, y artesonados que parecen creados por orfebres.

La provincia guarda auténticas obras de arte arquitectónicas que hoy cobijan a grandes devociones en sus pueblos y que se han convertido en buques insignias en cuanto al patrimonio monumental de los municipios hispalenses.

MEDINAS

Entre 712 hasta 1248, años en los que se enmarca su etapa andalusí, y durante buena parte de este periodo, Sevilla (Isbiliya en árabe) destacó como permanente foco cultural y potencia económica a nivel regional.

En torno a Sevilla, en época almorávide (1091-1146) se desarrollan nuevos núcleos urbanos o se consolidan ciudades preexistentes, un proceso acompañado habitualmente por la construcción de potentes recintos amurallados: Aznalcázar, Sanlúcar la Mayor, Alcalá del Río, Alcalá de Guadaíra, Écija, Marchena… Son algunos ejemplos de la creación de un “territorio fortificado”, propio de una sociedad en la que la amenaza de la conquista por los reinos feudales del norte peninsular se veía cada vez más cercana.

La medina, la ciudad islámica, siempre tenía el mismo trazado: calles laberínticas en las que la población bullía de actividad y que, de paso, ayudaban a despistar al enemigo en caso de entrada a la ciudad, una zona central para ubicación del mercado, los talleres de oficio, la zona de gobierno y la mezquita principal, una fortificación y el recinto amurallado por completo para evitar las invasiones. Unas señas de identidad que todavía hoy es fácil distinguir en los actuales núcleos urbanos de aquellas poblaciones sevillanas que un día fueron medinas andalusíes.

AGUA

En la provincia de Sevilla, en el periodo de Al-Ándalus, el agua era crucial, tanto para la agricultura como para la vida cotidiana. Se utilizaba para regar los cultivos, abastecer ciudades, higiene, decoración y rituales religiosos. La gestión del agua, incluyendo la construcción de acequias, norias, molinos, fuentes y aljibes, fue trascendental para el desarrollo de las poblaciones de entonces y actuales municipios, creando una arquitectura propia, única.

El Guadalquivir fue el punto de encuentro de los territorios meridionales y de las capitales califales: Córdoba y Sevilla. Como principal arteria económica del territorio combinó diversos tipos de aprovechamientos. Navegable hasta Sevilla con embarcaciones de cierto calado y hasta Córdoba con navíos de menores dimensiones, actuó como vía del comercio exterior e interior conectando estas dos capitales con mar Mediterráneo y el Océano Atlántico. Esta circunstancia hace que sea una vía imprescindible, no solo para el transporte de mercancía sino también para el de viajeros, enriqueciendo culturalmente la provincia.

El propio río fue usado como fuerza motriz de molinos, para la molienda del grano creando una fuerte industria panadera y de fabricación de textiles. Hacia su desembocadura, los extensos pastizales de la zona marismeña fueron foco de ganadería y trashumancia, facilitando incluso intercambios con el norte cristiano.

Como lo definió el cronista sevillano Alonso Morgado resaltando su majestuosidad, el río Guadalquivir es “Adonde se recogen las aguas de Andalucía”. Su importancia en la provincia de Sevilla se puede observar en los nombres de algunos municipios que añaden el “del río” a su denominación principal: Alcalá del Río, Lora del Río, Coria del Río, La Puebla del Río, Palomares del Río, Villanueva del Río y Minas, Alcolea del Río y Villaverde del Río.

GASTRONOMÍA

La herencia gastronómica andalusí en la provincia de Sevilla es considerable, incluyendo ingredientes, técnicas culinarias y platos que se han mantenido hasta nuestros días.

La cocina andalusí introdujo ingredientes como los cítricos —naranjos y granados principalmente—, verduras y hortalizas —pepinos, calabazas, berenjenas, espinacas y alcachofas— o las hierbas aromáticas —cilantro y albahaca entre otras—, que constituyen la base de lo que hoy podemos encontrar en las mesas de casas y restaurantes sevillanos. También la combinación de especias: azafrán y comino, frutos secos como el pistacho y la elaboración de platos agridulces. El arroz como cultivo de regadío y el trigo y cebada como cultivos de secano se convirtieron en extensivos en época andalusí.

Las verduras y hortalizas se tomaban como plato principal o como acompañamiento, cocidas o en ensalada. Como es el caso de la harira, de sopas de legumbres a base de lentejas o garbanzos o de recetas con carne y pasta (fideos) de origen beréber.
Sevilla es en la actualidad el primer productor de naranja dulce del primer país productor de cítricos de la Unión Europea, España.
El aceite andalusí, exportado desde el Aljarafe o La Campiña, recuperó en época almohade una importancia que no tenía desde el Alto Imperio romano. Hoy es indiscutible resaltar las propiedades del aceite de oliva sevillano, uno de los productos alimenticios con más prestigio a nivel nacional e internacional.

Recetas como la alboronía, o boronía, con mucha tradición en Carmona –un precedente del pisto consistente, básicamente, en un refrito de verduras en aceite de oliva– son heredadas de Al Ándalus. Después, con la llegada de nuevos ingredientes procedentes de América, algunas de estas recetas continuaron enriqueciéndose y ampliando su composición. Algo así ocurrió con el originario ‘gazpacho’ andalusí –por supuesto, sin tomate ni pimiento–, un heredero directo de las sopas frías que se elaboraban en la Córdoba califal y antecedente, a su vez, de las actuales variedades de gazpacho y salmorejo, tan imprescindibles en nuestros menús, sobre todo en época estival. Las gachas y las migas eran dos elaboraciones muy recurrentes ya que se hacían con los restos de comida de días anteriores mezclados con harina o pan.

Dulces como los turrones, los mazapanes, los buñuelos, los pestiños y los alfajores son deliciosos ejemplos de la rica tradición de dulces andalusíes. Especialidades que hoy en día se siguen elaborando según el recetario tradicional y que son muy importantes en fechas tan señaladas como la Cuaresma o Navidad.

No podemos olvidarnos de los guisos de carnes de caza cocinados con miel y especias o de una de nuestras señas de identidad conocida a nivel nacional e internacional el pescado frito. Ni tampoco de los cultivos de la vid que nos ha permitido conservar las bodegas que hoy se reparten por toda la provincia de Sevilla. La uva era utilizada solo como alimento, se tomaba como fruta o para elaborar dulces.

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